domingo, 14 de septiembre de 2014

EL ÁRBOL SIN HOJAS

Había una vez un árbol que daba sombra al patio de una escuela permitiendo a los niños jugar en el receso protegidos de los efectos que producen los rayos directos del sol. Un día se apareció la nube oscura de la contaminación, cubrió el árbol, le envenenó las hojas y éstas cayeron al suelo sin vida. El árbol realizó un gran esfuerzo y a los pocos días logró que le retoñaran nuevas hojas. A los pocos días la nube volvió a pasar, repitiendo su acto de crueldad. Cada vez que nacían nuevas hojas la nube regresaba con su macabra tarea, hasta que el árbol se cansó y decepcionado no volvió a producir ni una sola hojita. Entonces a uno de los niños, al ver el árbol desnudo, se le ocurrió una idea. “Vamos a buscar –dijo a sus compañeritos- muchos papeles para dibujar en ellos bastantes hojas”. Los niños y las niñas se pusieron a trabajar, pintaron muchas hojas y las recortaron. Luego se subieron al árbol y las pegaron por todas las ramas de la desnuda mata. Cuando la nube regresó y vio al árbol cubierto de hojas verdecitas, lo volvió a envolver con sus gases tóxicos y se alejó segura de haberlas envenenado. Pocos días después, al ver que el árbol seguía luciendo su nutrida fronda, se acercó de nuevo para envenenar las hojas. Cansada de insistir, pensando que ya sus gases no causaban el efecto destructor, se alejó frustrada hasta desvanecerse en la nada. Al observar que el árbol volvía a retoñar, los niños quitaron las hojas de papel y dejaron que las verdaderas se desarrollaran normalmente. Así el árbol volvió a lucir su hermosa fronda,  sin temor a las maldades de la nube,  y los niños pudieron jugar de nuevo bajo su fresca y acogedora sombra.

CHIPI  (Carlos Páez Ortiz)